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RESUMEN
Aquella noche de ansia y desespero, Ricardo en su diminuta y desorganizada habitación, ya borracho, puso una película porno, se masturbo fuerte, se limpió con una camisa tirada en el piso, luego acompañó cada trago de cerveza y el final de la noche, con los sonidos clásicos de Gustav Mahler.
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Aquella noche de ansia y desespero
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Se agarraba el rostro y estaba mareado por la cerveza. Una sensación deansiedady desespero lo atormentaban.
Ni siquiera había podido comer bien. Media lata de atún descansaba en sustripas,las mimas que ahora ardían de hambre y cesaban con cada trago de cervezaque éltomaba.
Hacían ocho grados, la noche estaba demasiado fría y Ricardo Perlés,últimamentesólo se dedicaba a follarse a Paula, beber cerveza Quilmes y ahacerse preguntasen medio de su soledad.
Esa noche cuando iba en el tren hacia su casa, deseaba que una chicalinda,delgada y bien vestida se sentara a su lado. Pero ese deseo nunca sehacíarealidad, la mayoría de veces que a su lado se sentaba una esbelta mujer,no podíahablarle porque sentía miedo y por lo general siempre tenían puesto unpar deaudífonos que las sacaba de esa realidad en la que Ricardo Vivía.Soledadmonótona.
Cuando bajó del tren, delante suyo iba una mujer no muy gorda, con unafaldanegra hasta las rodillas, poco ajustada, medias veladas del mismo color depielblanca, botas altas , una blusa crema y el cabello suelto. Ricardoibamirándole el culo que se movia para los lados.
Caminaba rápido, se le notaba desesperada y falta de tiempo. Aparentementeteníauna cita con alguien que luego de un periodo largo, la haría llorar.
Ambos se separaron y Perlés siguió caminando por la calle Ángel Gallardo,luegodobló por Rio de Janeiro, un camino tranquilo y poco iluminado. Despuéstodosucedería muy rápido.
Dos hombres que iban en una moto, se subieron al andén por el que élibacaminado, pusieron la moto de frente, entre las piernas de Perlés.
El tipo que iba sentado atrás en la moto fue el que hizo todo. Era un hombredebaja estatura, con una chaqueta enorme y el cabello recién cortado.
Cuando se bajó de la moto, sacó un revolver de atrás del pantalón y se lopusoen la frente, mirándolo con los ojos de la muerte. A este tipo no letemblabael dedo para mandar a cualquiera a rendir cuentas en el más allá.
Un corrientazo que empezó desde el estomago y terminó en su cabeza,concientizoa Ricardo y se quedó en silencio analizando el contexto. En unamilésima desegundo recordó, que como buen amante de las calles oscuras y lasoledad paracaminar, no tenía nada para entregarle al enano de la moto, y quesi su vidaera eso, nada, pues que más daba que lo mataran esa noche.
El enano lo esculcó por todos lados sin dejarle de apuntar en la cabeza conelrevólver. Bolsillos del pantalón, de la chaqueta, las manos, todo, peronoencontró nada. Ni las migas o las pelusas que a veces quedan al fondodelbolsillo del jean.
El que iba manejando la moto estaba nervioso.
-¡Dale dale rápido que nos agarran!-
Al final, el asqueroso ladrón se cansó de hurgarlo por todo lado yapuntarle.Perdía su tiempo y sabía que en la otra calle podía encontrar algúnalma vivaque sí tuviera algo. Una vida que valiera la pena. Dispararle por eldinero oun Ipod.
- ¡Te salvaste esta vez hijo de puta!- dijo el chiquito recién peluqueado.
Se subió a la moto y arrancaron muy rápido.
Ricardo se quedó de pie un instante, viendo la moto perderse, sin sentirelmiedo que sienten las personas cuando las roban. Luego siguió su caminohaciacasa. Parecía como si ya estuviera difunto. Caminaba con las manos entrelosbolsillos protegiéndose del frio y triste por no tener nada. Ni siquieraalgopara que lo robaran o no lo asesinaran.
Caminó veinte cuadras por la calle Rio de Janeiro, luego se cruzó laavenidaRivadavia, camino dos cuadras más, hasta que llegó a su departamento.Estabasolo y frío.
Abrió la heladera y sacó una de las cervezas. Luego comenzó a beber, beberybeber.
Aquella noche de ansia y desespero, Ricardo en su diminuta ydesorganizadahabitación, ya borracho, puso una película porno, se masturbofuerte, se limpiócon una camisa tirada en el piso, luego acompañó cada trago decerveza y elfinal de la noche, con los sonidos clásicos de Gustav Mahler.
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