Aquella mañana me levantémás caliente y cachondo de lo normal. En la cabeza teníaimágenes sexys y lujuriosas de una chica en tacones de punta, mediasde liguero y corsé. Pensé en llamar a mi novia y decirle que tenía muchasganas de coger con ella, pero sabía que en ese momento no estaba y que eraimposible verla vestida de esa forma, tal vez porque ya sabía que a ella elsexo lujuriosos y excitante no le gustaba de la forma vulgar y atrevida que amí me daba placer.
Esa mañana me levanté de lacama con el mismo pensamiento cachondo que recorría mi cuerpo desde los catorceaños, una chica en ligueros, y que seis años después, seguíasintiendo excitación.
Ansioso me preguntaba ¿Quiéncumpliría mi fantasía? ¿Qué chica se vestiría de esa forma y podíadisfrutar del sexo lujurioso y excitante sin ningún compromiso?
Tal vez la respuesta quetuve no fue la mejor, pero debo confesar que llegué a la conclusiónque la única mujer que podía complacerme en ese momento era unaputa. Una mujer del mundo sexual o fácil, como algunos llaman. Una mujer quetenía varios clasificados en el periódico en la sección “Adultos”, y que sabíaque era la única capaz de ir a mi apartamento a las once de la mañana,vestida de ejecutiva y con ligueros.
Recuerdo que llamarla no fueincomodo. Fue sólo cuestión de saber cómo era ella, acordar mutuamentede pagarle 150 mil pesos por la hora de sexo y nolos 200 mil que me pedía; darle mis datos, pedirle explícitamente como queríaque llegara vestida, colgar el celular y esperar.
Ella, quien se dio a conocercomo Alejandra, me dijo que se demoraba una hora en llegar a mi apartamento.Pero mientras la esperaba, iba al baño, organizaba lahabitación, miraba cada cinco minutos por la venta, hacia abdominalesy pensaba en mi novia. Sabía que la amaba y que no iba a darse cuenta porla confianza que nos teníamos. Sabía que nunca le había mentido,pero aquella mañana la calentura me dominaba mientras hacía un pacto con eldemonio, ya que a cambio de sexo perdía un valor, la confianza.
No obstante, en ese iry venir de pensamientos, e intentando arrepentirme de lo que estabaa punto de hacer por lo que sentía por mi chica e inventado cualquierexcusa en mi cabeza, sonó el celular, contesté y una voz cautivadora me decía.-Hola soy Alejandra, estoy abajo-. En ese momento sentí que se me iba a pararel corazón pero en vez de eso, se me paró otra cosa, pues mientras bajaba en elascensor sabía que por fin los seis años de espera iban a terminar.
Cuando llegué a laportería, ahí estaba. Los 1.74 cm de estatura, el cabellorubio hasta la cintura, los senos 36 B y la silueta delgada, eranciertos. Tenía puesta una falda oscura, unas medias veladas negras,tacones altos en punta y un gabán.
No saludamos muy casual,caminamos hasta en el ascensor en donde hablamos sobre a lo que mededicaba. Luego entramos al apartamento, subimos a mi habitación, cerré lapuerta y ahí empezó la historia que hasta el sol de hoy me hallenado de tristeza y arrepentimiento.
Decir lo que sucedió en esahabitación prefiero dejarlo a la imaginación, mientras piensan en gemidos,vulgaridades, blow jobs y poses. Pero sobretodo una poseque nunca se me va a olvidar.
Creo que ya eran la una deldía de ese sábado, y Alejandra estaba en pose de perrito mientras yo hacía lomío halándole el cabello y diciéndole vulgaridades cada vez que ellagemía. Hubo un momento que lo hicimos tan rápido, fuerte y excitante, que enmedio de la inconsciencia sexual en la que nos encontrábamos poseídos, me díacuenta que el condón se había roto.
Y así como me di cuenta, aesa misma velocidad, todo se detuvo. El órgano que llevaba parado40 minutos, en menos de 20 segundos no le quedaba nada de su fuerzay la forma de estar erguido.
¡Se me rompió el condón conuna Prostituta!
Por más costosa y sexy quefuera esa hora, sabía que Alejandra había estado con muchos hombres peores omejores, o más morbosos y fantasiosos que yo. Y eso no dejaba atrásla duda de saber que de algo podía estar contagiado, sobretodo de VIH, teniendoen cuenta que en Colombia hay reportes de57.489 personas infectadas con sida, pero que la Cruz Roja estima que,teniendo en cuenta la tasa de sub registro, la cifra real de contagiados seríade 171.504, y que yo podría ser el 171.505.
Fue así como mis seis años deespera por una fantasía y el engaño hacia la mujer que amaba,terminaron en desesperación, soledad y angustia.
En ese momento Alejandra también sedetuvo. Su falsa calentura quedo desenvainada ante la angustia de mi rostro. Sebajo de la cama y empezó a vestirse mientras me decía que me quedara tranquilo,que ella se cuidaba mucho y que era la primera vez que eso le sucedía. – Acuántos más le habría dicho lo mismo- .
Minutos después, mi cuerpoquedó tendido en la cama, desnudo y con mil pensamientos en la cabeza, perosobretodo la imagen de mi novia.
Continuará porque sólo me dejan poner 5mil caracteres...