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Eres fugaz, vas y vienes.
Apareces y desapareces de mi vida cuando te place. No sé si soy parte
de un juego de seducción al que no fui invitado, pero sí incluido.
Ambos sabemos que estamos prohibidos el uno para el otro, pero los dos
nos deseamos... al menos yo siempre te deseo y he visto a través de tus
ojos cuánto eres capaz de desearme. Me lo has dicho y ya te sentí,
sentí la furia de tu sexo. Por eso te extraño, por eso extraño tu piel,
extraño, sobre todo, tu espalda (deliro por tu espalda). Esa parte de
tu cuerpo donde resbalaron mis labios, donde dejé el rastro del pasar
de mi lengua: desde la parte trasera de tu cuello hasta la vertiginosa
curva entre tu cintura y lo que está más abajo.
Extraño ver, sin ver, el
contorno redondeado de tus senos, hurgar desde todas las poses tratando
de encontrar el ángulo perfecto que me permita ver un centímetro más de
tus blancos pechos. Extraño dejar que mis manos intenten encontrar un
defecto en tu espalda, sabiendo que no lo lograrán. Deseo acercar de
nuevo mi rostro a la piel de tu dorso y afinar la vista para ver de
cerca cada línea de tu deslumbrante humanidad.
Tu espalda. Extraño... tu
espalda. La añoro desde ese pedacito de piel que está en la cima de la
montaña rusa de tus formas, hasta ese punto donde tu divina cabellera
negra nace y se arremolina. Y tu olor, el olor de tu piel que hace
juego con la más sensual forma en que te recuestas, boca abajo,
dejándome explorar tu envés, ese que me seduce y que hoy extraño.
Una confesión: Te deseo por
muchos motivos y muchas zonas de tu cuerpo me inspiran los más
apasionados instintos sexuales, pero ninguno lo hace tanto como esa
parte tuya, única, espléndida. Tu dorso. Sé que muchos hombres te
desean por tu lindo rostro, por tus pechos o por la estrecha cintura
conjugada con la explosión de tus caderas, o tus bellos glúteos. Yo te
deseo por tu espalda, luego me fijo en lo demás.
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