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La muerte se viste de color en Tuluá

Autor: RINCON DE LOS USUARIOS SOHO
Creada: octubre 24 de 2008
Visitas: 1027

Por: Robert Posada Rosero

Aunque el ferrocarril de Occidente es un difunto que desapareció hace muchos años gracias a la negligencia gubernamental, lo primero que hay que cruzar para llegar al Cementerio Central, donde reposan los restos de los mas pobres de la ciudad, es la línea férrea. Allí van a parar un buen número de los muertos de Tuluá, población considerada en el año 2006 como la ciudad con mayor número de homicidios en el país, según cifras del Instituto de Medicina Legal.

Los rieles se extienden paralelos a los muros blancos que rodean la parte frontal del Campo Santo, y se convierte, por esas cosas del urbanismo, en la línea que separa a los vivos de los muertos. Desde este punto, a sólo diez pasos de la entrada principal se puede apreciar a varios vendedores ambulantes apostados a lado y lado de la misma. Al costado derecho se ve una reja entreabierta que permite apreciar un buen número de osarios; y justo al lado un par de enramadas en guadua y teja de barro, en las que se aprecia unos cuantos ramos de flores amarillas y blancas; pequeños, muy pequeños, tal vez los únicos que los asiduos visitantes del lugar pueden pagar.

Ya en la entrada, lo primero que sorprende al visitante es un sinnúmero de techitos de colores en zinc, que se levantan a un metro del piso, los cuales se asemejan a los tejados de un pequeño caserío, observado desde la distancia.

La imagen es única. Los mismos están resguardados por un frondoso árbol que se encuentra a unos 12 metros de la entrada, y compite en altura con las palmeras y los pinos que se mueven al ritmo del viento y dejan caer grandes gotas de agua, que se deslizan entre las ramas luego de una pertinaz llovizna.

Desde este mismo punto, al lado izquierdo, se puede ver una estructura de muros gruesos y blancos, cuyos marcos y estilo conservan la arquitectura de las viejas iglesias. La reja de esta estructura permanece abierta pues ahora es un simple objeto decorativo, aunque hace mucho tiempo debió ser la entrada principal del Cementerio.        

Al acercarse  a las tumbas la sorpresa inicial le da paso al desconcierto. Los techitos que se divisaban desde la entrada recubren hileras de mausoleos construidos en cerámica de colores: verde claro, azul cielo, azul turquesa, rosa dorado, ocre y blanco mate, entre otros; y aunque inicialmente se podría pensar que han sido escogidos al azar, la verdad es que si se observa detalladamente parecen responder a características escogidas con cuidado por los familiares del difunto para horrarlo. Y aunque muchas llevan en la parte superior adornos en vidrio tallado con forma de libros abiertos y mensajes alusivos al altísimo, otras son más terrenales pues la cerámica color verde hierba tiene incrustados los escudos del Atlético Nacional o Deportivo Cali, y una gran cruz blanca, también en cerámica, como para que no quede duda de la fervorosa devoción que sentía por su equipo amado quien allí yace.

Un poco más al fondo sobresale una tumba decorada totalmente en color rosa: con bombas de fiesta, muñecos pintados en icopor y ramos de flores rosadas y blancas; más parecido a la decoración de un salón para fiesta de quince que a una tumba, pero que en realidad es el lecho final de una niña de 4 años que dejó de manera prematura este mundo. Algunas tumbas incluso cuentan con su propia banca, pintada por supuesto, del mismo color de la cerámica.

Luego de un corto recorrido es imposible no pensar que esta decoración tan peculiar, en la que la cerámica desplazó la hierba y la tierra que suele cubrir las tumbas, obedece a una extravagancia de los familiares o a manifestaciones propias de las clases populares. Pero una vez se llega a la zona de las bóvedas, compuesta por seis módulos con capacidad para albergar cada uno a por lo menos 200 difuntos, el panorama es diferente. Del colorido de los mausoleos ubicados en tierra se pasa a un sector lúgubre y frio en el que se aprecia el abandono de la mayoría de bovedillas; con excepción de algunas que están adornadas en el frente con lapidas en mármol, protegidas con pequeñas rejas, tal vez, para evitar la acción de los ladrones.
Los módulos de las bóvedas se encuentran ubicados en la parte posterior y derecha de la capilla. La cual es un cuadrado de unos 15 metros de diámetro que se levanta a dos metros del suelo, sin paredes al frente y los costados, cubierta por un techo de eternit sostenido sobre ocho columnas, que se encuentra sobre un sótano oscuro y frío que resguarda un sinnúmero de osarios. En la parte trasera se destaca un par de cuartos utilizados como sacristía y oficinas. Es una capilla sencilla, sin decoración. Solo unas bancas en concreto sobresalen en su interior.

Al finalizar el recorrido queda la sensación que en las bóvedas reposan los más pobres de los pobres y que el colorido y la decoración en cerámica de las tumbas que se encuentran en tierra, obedece al afán de la parentela por darle algo de estatus a sus seres queridos. Así sea después de muertos. La vedad es difícil establecer a que obedece esta nueva forma de adornar la última morada de un ser humano, lo único cierto es que para un visitante desprevenido la imagen no pasa desapercibida.
 

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